sábado, 10 de enero de 2009

Santiago era un eterno carnaval.

La noche se hacía día y prácticamente no existía la delincuencia

Santiago de los 50, eterno carnaval


¡Que distinto era el centro de Santiago entre los años 50 y 60 al que recorremos a diario o periódicamente en la actualidad! Y, con una mano en el corazón, los muchachos de antes que no usábamos gomina podemos jurar que el de antaño era mejor.

Tenía encanto, personalidad, alegría y una noche que embrujaba con múltiples negocios que funcionaban hasta que las velas no ardían y donde era posible ver o, en el mejor de los casos, alternar con mujeres hermosas, arrogantes pero leales amigas, que pocas horas antes nos deslumbraban desde los escenarios de tres compañías de revistas. Con sus bikinis brillantes y grandes plumas multicolores eran las reinas.

Sí, las reinas del espectáculo, de la bohemia, de las cenas bailables en el Capri o de los encuentros de mantel largo e inagotable conversación en Il Bosco. Eran reinas indiferentes para el común de los espectadores, por muy ricachones que fueran y que anduvieran en unos Impalas de seis metros. Con sus amigos, eran muchachas simples, que abrían su corazón. Solo eso.

Eran distintas las noches en ese pasado, que nos parece tan lejano. Prácticamente no existía delincuencia y se podía caminar a las 4 o 5 de la madrugada por cualquier calle, cualquier barrio sin temor a ser asaltado. Claro que existían guapos arrabaleros que, a su manera, eran o se creían señores.

En esos tiempos, solo los choros de verdad, con currículo de corajudos, andaban con armas de fuego. Curiosamente, no era para cometer delitos sino para protegerse de otros peces gordos, con los cuales tenían deudas pendientes. Ahora, cualquier pelafustán, el mas rasca de los pinganillas, porta un revólver de grueso calibre o una pistola semiautomática, para asaltar a un chofer de taxi o una bencinera.

Aquellos que querían hacer de la noche día tenían un tremendo abanico de posibilidades entre el sector Mapocho y Avenida Matta. Si querían una entretención sana aunque recreando la vista, ahí estaba el famoso Bim Bam Bum, en el corazón de calle Huérfanos, al lado de la galería España. Bailes, chistes y esculturales mujeres era la propuesta noche tras noche.

Pasado el río Mapocho, Daniel Vilches y otros humoristas tan caballeritos como él hacían reír a carcajadas al respetable en una revista donde tampoco faltaban atractivas bailarinas. Era el Picaresque, que le hacía honor a su nombre. Y en el sector Matta, el Humoresque también presentaba vistosas y atractivas revistas, conjugando el humor con los atributos femeninos.

Para los aficionados a la gula, la oferta era tremenda. Al inolvidable Il Bosco, con garzones que eran verdaderos personajes, como "Bill Haley" Villanueva, había que agregar el Goyescas -que presentaba artistas internacionales, de la jerarquía de Libertad Lamarque, Lola Flores o la "Chunga", amén de los mejores tangueros de Buenos Aires- el "Pollo Dorado", el "Nuria", donde reinaba la Huambaly y con Humberto Lozán; La Bahía, el Fornoni, todavía vigente en Viña, el Roxy, en calle Moneda, donde comer era un deleite. No podemos dejar de mencionar, además, al Chago Zúñida, ahí en Puente, con sus criatureros caldos y caldillos de trasnoche para levantar todo.

En cambio, los que andaban con la maldad adelante y buscaban compañía femenina y tomarse sus buenos tragos podían elegir, entre otros, el Tap Room, que dirigía el mítico Negro Tobar y que ahora administra Pancho Ballesteros; el Night and Day, que entonces manejaba con firmeza y talento una española que era un amor; el Mon Bijou, todavía vivito y coleando frente a la Plaza de Armas. Y para que hablar del "barrio chino", donde el Zeppeling era el buque madre. ¿Saben qué tenían en común estos centros de diversión? Todos tenían música en vivo y los jaraneros bailaban no con un conjunto sino que una verdadera orquesta. ¡Ah ... qué tiempos aquellos!.

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